jueves, 14 de noviembre de 2013

EL HOJALATERO



 

Llegaba cada mañana con su pregón:

-¡El lateroooo...! Y todas las vecinas salían, con aquella olla a la que le faltaba un asa; o con una sartén que había perdido el mango, o con una lata pequeña, para que  el buen artesano les hiciera una jarrita; o con una lata grande, para que les hiciera una olla.

-¡El lateroooo...! repetía, con la voz extenuada por el cansancio, o tal vez por la falta de alimento, o por el frío, o el calor extremos, que se daban en las calles de aquel pequeño pueblo, según fuese invierno o verano.

  Bajaba por la Calle Real y, cuando llegaba a La Plaza del pueblo, se situaba bajo la encina que había junto a la fuente, si era verano y si era invierno se situaba en la buena recacha que le ofrecía la fachada de la casa de María la de Pedro.

  A poco de llegar y empezar su trabajo llegaba Roquillo: un pequeño delgaducho y moreno, al que le gustaba pasar las mañanas, sobretodo en invierno, cerca del hornillo que el hojalatero encendía para calentar el soldador de estaño.

  Vivía éste muy cerca de allí en la Calle Molinos: llamada así porque  todos los molinos de aceite que había en el pueblo estaban situados en esa zona y, por que por la calle corría el alpechín del prensado, de toda la aceituna que se recogía  en los olivares de Jargó.

   Su hogar era una chocita de cañas que, resguardada de los vientos del sur y de sus aguaceros, habían construido sus padres, enclavada en el cartabón de la casa de  Pastorica,  la de Juan, el del molino.

  Los padres de Roquillo habían trabajado de caseros, cuidando las tierras y el ganado y la casa, en el cortijo de don José, el  alcalde del pueblo. Al morir éste sus herederas vendieron la finca, quedándose los padres del pequeño, con los cuatro muebles en la calle, sin tener una casa donde vivir, ni un trabajo donde ganarse un jornal para poder comer.

  El niño tenía una tosecilla  tan débil como lo estaba él:                                                                              -Debe ser de hambre - comentaban las buenas  vecinas, mientras le miraban compasivas.

  El pequeño se pasaba la mañana viendo trabajar a nuestro  artesano: era un hombre enjuto, mal vestido y peor aseado, y al que, bien por el calor en verano, o por el intenso  frío en invierno, era frecuente ver, una gotita brillando y temblando, en la punta de su nariz.

 Ya cerca del medio día, y antes de marcharse, nuestro artesano compartía con  Roquillo un trozo de pan duro y una fiambrera, rebosante de riquísima calabaza frita.

  Por las tardes el niño no salía a la Plaza; pues su madre, terminado el trabajo en casa de  Pastorica, ya le cuidaba. Y el pequeño   pasaba el tiempo cogiendo las  hormigas aladas que salían de su hormiguero al atardecer; sobretodo si aquel día había llovido. Las guardaba en una cajita, muy bonita, con molduras y ribetes de pan de oro, que la familia había heredado de una de sus tatarabuelas. Y cada mañana se las llevaba al hojalatero: era éste  muy aficionado a cazar gorriones y cada mañana, antes de salir a trabajar, ponía las trampas con las hormigas y, cuando regresaba, cogía los gorriones que había cazado, los pelaba, los freía y se preparaba una exquisita cena.

  Entretanto el pequeño Roquillo seguía todos los días la misma rutina, mientras aquella tosecilla, suya, se hacía cada vez más persistente, y él se iba quedando más y más delgadito. Hasta que una madrugada, de su boquita brotaron un puñado de rosas rojas que se derramaron sobre su pecho... Y fue entonces cuando los ángeles del alba, prendados de él, lo pusieron sobre sus alas, y saliendo por la ventana, se lo llevaron consigo al Paraíso.