Llegaba cada mañana con su pregón:
-¡El lateroooo...! Y todas las vecinas salían, con
aquella olla a la que le faltaba un asa; o con una sartén que había perdido el
mango, o con una lata pequeña, para que el
buen artesano les hiciera una jarrita; o con una lata grande, para que les
hiciera una olla.
-¡El lateroooo...! repetía, con la voz extenuada por el cansancio, o tal vez
por la falta de alimento, o por el frío, o el calor extremos, que se daban en
las calles de aquel pequeño pueblo, según fuese invierno o verano.
Bajaba por la
Calle Real y, cuando llegaba a La Plaza del pueblo, se situaba
bajo la encina que había junto a la fuente, si era verano y si era invierno se
situaba en la buena recacha que le ofrecía la fachada de la casa de María la de
Pedro.
A poco de
llegar y empezar su trabajo llegaba Roquillo: un pequeño delgaducho y moreno,
al que le gustaba pasar las mañanas, sobretodo en invierno, cerca del hornillo
que el hojalatero encendía para calentar el soldador de estaño.
Vivía éste muy
cerca de allí en la
Calle Molinos : llamada así porque todos los molinos de aceite que había en el
pueblo estaban situados en esa zona y, por que por la calle corría el alpechín
del prensado, de toda la aceituna que se recogía en los olivares de Jargó.
Su hogar era
una chocita de cañas que, resguardada de los vientos del sur y de sus
aguaceros, habían construido sus padres, enclavada en el cartabón de la casa
de Pastorica, la de Juan, el del molino.
Los padres de
Roquillo habían trabajado de caseros, cuidando las tierras y el ganado y la
casa, en el cortijo de don José, el
alcalde del pueblo. Al morir éste sus herederas vendieron la finca,
quedándose los padres del pequeño, con los cuatro muebles en la calle, sin
tener una casa donde vivir, ni un trabajo donde ganarse un jornal para poder
comer.
El niño tenía
una tosecilla tan débil como lo estaba
él:
-Debe ser de hambre - comentaban las buenas vecinas, mientras le miraban compasivas.
El pequeño se
pasaba la mañana viendo trabajar a nuestro
artesano: era un hombre enjuto, mal vestido y peor aseado, y al que,
bien por el calor en verano, o por el intenso
frío en invierno, era frecuente ver, una gotita brillando y temblando,
en la punta de su nariz.
Ya cerca del
medio día, y antes de marcharse, nuestro artesano compartía con Roquillo un trozo de pan duro y una fiambrera,
rebosante de riquísima calabaza frita.
Por las tardes
el niño no salía a la Plaza ;
pues su madre, terminado el trabajo en casa de
Pastorica, ya le cuidaba. Y el pequeño
pasaba el tiempo cogiendo las
hormigas aladas que salían de su hormiguero al atardecer; sobretodo si
aquel día había llovido. Las guardaba en una cajita, muy bonita, con molduras y
ribetes de pan de oro, que la familia había heredado de una de sus
tatarabuelas. Y cada mañana se las llevaba al hojalatero: era éste muy aficionado a cazar gorriones y cada
mañana, antes de salir a trabajar, ponía las trampas con las hormigas y, cuando
regresaba, cogía los gorriones que había cazado, los pelaba, los freía y se
preparaba una exquisita cena.
Entretanto el pequeño Roquillo
seguía todos los días la misma rutina, mientras aquella tosecilla, suya, se
hacía cada vez más persistente, y él se iba quedando más y más delgadito. Hasta
que una madrugada, de su boquita brotaron un puñado de rosas rojas que se
derramaron sobre su pecho... Y fue entonces cuando los ángeles del alba,
prendados de él, lo pusieron sobre sus alas, y saliendo por la ventana, se lo
llevaron consigo al Paraíso.